
Te quiero. Te extraño. Te llamo por teléfono. No estás. Me angustio. Te espero. Te busco. Pienso en ti: cierro los ojos y te imagino. Te veo luego, en la calle, y corro a tu encuentro, te abrazo, te beso, me agito, te digo frases fervorosas. Es el amor.
De pronto, un día, coloco una distancia entre tu persona y la mía, congelo la imagen que tenía de ti y de mis sentimientos y me pregunto: “¿Es esto amor o es mi amor”?.
Ahora ya no pienso en ti, tampoco en mi, sino en un problema que está por encima de nosotros, el problema de un concepto, de una idea, de saber qué es el amor y en qué se distingue de mi amor. Entonces abandono lo particular, ese suceso que atañe a mi persona, y recuerdo que también hay otros que están enamorados, pienso en las historias de amor que narra la literatura, en lo que ocurrió entre Romeo y Julieta, y entre otras parejas. ¿Puedo yo decir “a mí me pasa lo mismo que a usted”?
Quiero saber qué es el amor, para verificar que lo mío, en efecto, es amor, y no un arrebato momentáneo o delirante. Quiero saber si estoy en lo cierto o si todo es mera fantasía al fin. Todos estos temblores internos que llamo amor tal vez merezcan otro nombre y pertenezcan a una realidad de otro orden.
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